Nadal-Federer, una rivalidad para seguir escribiendo la historia del deporte


La final fue técnicamente discreta. Pero probablemente es lo de menos: el contenido emocional y la escena de los dos, en el momento de la premiación, fue suficiente premio. ¿Podía esperarse un gran partido? Por supuesto que tratándose de Roger Federer y Rafael Nadal, todo es posible. Pero un análisis más sereno, permitía intuir que estos dos tenistas enormes -que se conocen mucho, y en consecuencia, se pueden sorprender poco- debían jugar como jugaron: después de dos semanas de intenso desgaste físico, pero sobre todo emocional, sabían que llegaban a la esta definición con pocas reservas, y que la economía de esfuerzos era clave. Sacar una luz de diferencia en un set era prácticamente decisivo: enseguida pensaban en el siguiente. Hasta la batalla del quinto set.


Lo que me interesa pensar es por qué tanta gente estaba pendiente de esta final. Muchos madrugaron a pesar de que el tenis les atrae ya poco y nada. Es, quizá, buscar en esta final algunos indicios de por qué el deporte sigue conmoviendo a tanta gente a pesar de los escándalos dirigenciales, de los gobiernos nacionales dispuestos a utilizarlo como herramienta de manipulación, de las cifras muchas veces obscenas y de la sospecha bastante difundida de que el negocio contaminó todo.


El deporte necesita grandes rivalidades. Vive de ellas. Cuando se insiste en la perversa idea de que nadie se acuerda del que sale segundo, no sólo se entroniza ridículamente al ganador. Además, se olvida que los grandes campeones lo fueron porque tuvieron enormes rivales. Ali-Frazier, Fangio-Moss, Borg-McEnroe, Senna-Prost, Leonard-Durán, Navratilova-Evert, Sampras-Agassi… Incluso las figuras individuales absolutamente indiscutibles como Michael Jordan (largamente enfrentado con Isiah Thomas y Reggie Miller) o Carl Lewis (desafiado durante mucho tiempo por Ben Johnson) tuvieron enemigos íntimos que los obligaron a llegar a su límite.

 

 

La del Abierto de Australia es una lección para todo el deporte. Sus dos finales “veteranas” demuestran que el camino no es la inversión gigantesca ni la multiplicación de eventos destinados a multiplicar ingresos. Federer y Nadal (y Venus y Serena por supuesto que también) pueden pasar el resto de sus vidas jugando exhibiciones, e incluso ganarán mucho dinero con ellas, pero el mundo estuvo pendiente de ellos esta semana porque volvieron a jugar una final de Grand Slam. Volver a pensar que la gloria existe, que es algo central del deporte y no una construcción con tres acciones de marketing, es el camino para volver a creer que eso que nos apasionaba tanto de chicos (y que ahora, de grandes, muchas veces nos huele rancio) todavía tiene sentido.

 

Fuente: TodaPasión

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