La verdad detrás de la medalla de oro de Jefferson Pérez narrada por Vito Muñoz


Sin duda que cada 26 de julio es una fecha histórica, memorable para todos los ecuatorianos, puesto que en aquel día pero de 1996 en Atlanta-EE.UU, nuestro país lograría la primera y única medalla de oro hasta el momento en unos juegos olímpicos, y el héroe fue el pequeño gigante, el inigualable Jefferson Pérez.

Es por eso  que este 26 de julio del 2017 se cumplen 21 años de aquella gesta histórica, por lo que a continuación te traemos un breve homenaje a Jefferson Pérez Quezada, bajo el título, la verdad detrás de la medalla de oro de Atlanta, narrada por uno de los periodistas más reconocidos del país como es el Lcdo. Vito Muñoz, se revelan escenas realmente fascinantes. Aquí los detalles:

El periodismo deportivo me ha deparado inmensas satisfacciones, en correspondencia a que yo también le he entregado mis mejores esfuerzos. Sin embargo, el canal que más me exprimió, fue Teleamazonas. Se propuso explotarme perodísticamente al máximo, y lo cumplió.

Recuerdo que me fajé solo en el mundial de Italia 90, frente a Manuel Kun, de Telecentro; Patricio Jarrin, de Ecuavisa y; Pepe Granizo de Gamavisión, y a los tres les di duro, aunque anduve solo con un camarógrafo. Trabajaba 20 horas al día, y tuve la suerte de conseguirme un chofer que era el hijo del representante de la Corporación Noboa en Europa. Este chico-que tenía un vigor tremendo-se conocía todas las rutas de Italia, al punto que Teleamazonas, al ver mi desempeño, planifica conmigo las Olimpiadas de Atlanta, justamente cuando se cumplían 100 años de su creación.

Así que nos fuimos a cubrir los Juegos Olímpicos. Ese año, era presidente del COE el doctor Sabino Hernández, y jefe de misión, Danilo Carrera Drouet. Nosotros estuvimos liderados por Nicolás Vega, Oscar García, Antonio Montalvo, y en la producción, Gustavo Jaramillo. Todos teníamos la ilusión de hacer historia.

Pero esa ilusión se iba estropeando en el camino. La realidad no nos ayudaba: Los ecuatorianos resultamos últimos en el ciclismo, noqueados en los primeros rounds de boxeo, eliminados en el tenis; que para colmo, Morejón, quien iba ganando un partido, en el momento que iba a hacer match point, mira a nuestro camarógrafo y se distrae, lo que ue aprovechado por el uruguayo Felipini, para eliminarlo. Recuerdo que hasta ese momento, nuestra rutina sólo era quedar últimos. Alguien de la sede central del canal en Quito, nos anunció que era hora de regresar, porque habíamos fracasado. Pero no era así. El fracaso no era periodístico, sino deportivo. Porque nuestros representantes eran aún presa fácil de la inexperiencia, por tanto los eliminaban uno tras otro.

Hasta que una mañana, el jefe de la misión, Oscar García, nos alerta: “Dicen en Quito que no hay resultados, que se está gastando mucho dinero y no pasa nada. Que no estamos transmitiendo emoción”. Inmediatamente, protesté: no me voy a regresar, yo soy ganador. Mañana voy a cubrir a las ciudades donde van a ser las próximas sedes. Me fui a la oficina de Argentina y justo se me acerca alguien y me dice: “¿Ustedes son de Ecuador? Soy el doctor Jorge de la Canale, Secretario mundial de la marcha”. Le respondí: Ah! Doctor, mucho gusto. Usted fue el abogado de Carlos Monzón en el juicio de asesinato de Alicia Muñiz. “Sos grande, qué bien informado estás pibe. Les voy a dar una buena noticia: el viernes corre los 20 kilómetros de marcha un “petisito” de Ecuador, y ese petisito tiene uno de los tres mejores tiempos. Si esa mañana no hace sol, el petiso puede dar una sorpresa mundial”. Yo le pregunté: ¿Usted puede decir eso ante una cámara? “Por supuesto, yo manejo todos los tiempos, el petiso es una expectativa”.

No dije nada hasta llegar a nuestra oficina del International Broadcasting Center y le dije a mi jefe: Quiero que vea esto. Y él, luego de analizarlo con sorpresa mayúscula, decide: “Esto tengo que mandarlo a Quito, para frenar la intención de regresarnos…

¿Y este paisanito de dónde asomó?. Enseguida, se fue a la OTI a reservar el satélite. Mientras, de Quito, los altos ejecutivos de Teleamazonas, Eduardo Granda y Margarita Dávalos, deciden que nos quedemos solo hasta el viernes.

Al día siguiente, me encuentro con Dieguito Arcos, de Ecuavisa, en un partido de André Agassi, y me cuenta que es su última cobertura, porque el canal ya le había dispuesto que regrese a Ecuador. Yo no le dije nada, le di un abrazo, y partió a Miami.

Mi jefe dijo la víspera de esa fecha: “Mañana a las cuatro de la madrugada, los quiero en el desayuno, porque a las cincos salimos para Atlanta” (estábamos a casi dos horas, porque no había hoteles más cercanos). Esa mañana metí en mi bolso un par de guineos, pan, lo que encontré en el desayuno, porque la jornada sería larga. Era como ir a la guerra, debía llevar muchos proyectiles, y así fue. A las seis, llegamos. La competencia empezaba a las siete. Cuando íbamos a abrir la puerta para sacar los equipos, nos damos cuenta de que las llaves se nos habían olvidado y, a punta de empellones, abrimos. Nos distribuimos el trabajo. Estábamos a punto de iniciar un combate sangriento, porque éramos dos reporteros y dos camarógrafos, para una carrera de 20 kilómetros.

Vino la orden de Quito: “Que Vito transmita la carrera y que Roberto haga el seguimiento”. ¿Qué sabía yo de marcha?Nada. Enseguida fui a buscar las estadísticas de favoritos por mejores tiempos. Los imprimí en grande.

Arrancó la prueba sin sol, todo era bruma y a favor de nuestro gallo de pelea, el desconocido Jefferson Pérez. Los rusos adelante, los chinos en la mitad, y nuestro cuencano no aparecía por el horizonte. Cinco minutos después, despega un primer pelotón con ocho corredores, y en el segundo pelotón ya estaba el gallito en línea de avanzada con un tranco largo a pesar de su corta estatura, la cara de hiena ganadora y con un mensaje: “Aquí estoy yo”.

Hasta que llegó a los seis primeros puestos. Mi corazón latía fuertemente, con la adrenalina que me subía, y con la inspiración que tenía al relatar, comienzo a entrar en una especie de éxtasis. El mundo alrededor mío no existía, y fluían mis emociones, sentía que hablaba mi corazón. Hasta que veo que les da la estocada final y se despega de los tres primeros…el Ecuador lloraba. Me decían que la gente gritaba eufórica. Y justo me llaman por interno y me dicen “llegó Patricio Díaz, dale el paso para que él lo narre”. En ese instante, fue mi hígado el que respondió, y al aire, dije: no voy a dar ningún paso a nadie. Hoy hago historia.

Jefferson se los llevó de largo. Mi voz acompañaba cada uno de sus movimientos y yo sentía sus pisadas como si fuera un King Kong gigante, con sonido sensurround. Hasta que entró al estadio para dar la vuelta triunfal y llegar a la meta. Mi emoción desbordaba hasta el delirio, algo que no he vuelto a sentir a lo largo de mi carrera.

Este año 2016, se cumplen 20 años de aquella hazaña, en la que Pérez llegó fundido a la meta, casi desvanecido. A mí, las lágrimas se me iban como catarata, y en ese instante recapacité que hubiese sido un error histórico no transmitirlo. Que nuestra rebeldía, estuvo benditamente justificada. Recuerdo que la entrega de la medalla de oro la hizo el doctor Agustín Arroyo, mientras el presidente del COE lloraba como un niño, porque significaba su éxito como dirigente. Me acerqué y nos abrazamos llenos de emoción.

Luego, don Eduardo Granda, que era dueño de Maresa, dispone en Quito que se done un vehículo a nuestro campeón, y que un avión privado traslade a su madre a la capital, para que esté en el set del canal, y así celebrar en una transmisión especial. Mientras, nosotros llevamos a Jefferson a nuestro set del lugar. Ese Rating fue altísimo. Al concluir el programa, nos dispusimos a llevar al campeón a la villa Olímpica. Le hice firmar la corbata que lucí la noche del programa y, luego se dio algo, que casi me hace llorar nuevamente.

Para trasladar a Jefferson hasta su sede, teníamos dos alternativas: o lo dejábamos en la puerta de la villa olímpica, por donde sólo se puede ingresar caminando y saltando vallas de cemento; o nos tocaba dar un vueltón de media hora, hasta el fondo de la autopista. Jefferson, muy sereno, anunció: “Ustedes están tan cansados como yo, son las dos de la mañana, déjenme aquí, que yo camino las seis cuadras hasta llegar a la puerta”.

Para mí fue lo máximo: el deportista que le dio la mayor gloria al Ecuador, luego de un día extenuante, finalmente se regresó caminando. Entonces, dije al grupo: quedémonos aquí mirándolo, hasta que nos permita la luz.

Con la mayor sencillez y humildad, iba nuestro mayor orgullo deportivo en su día de gloria, a pata, demostrando su grandeza humana. Ahí entendí a Jefferson Pérez Quezada. Lo de Andrés Gómez fue lindo, inolvidable. Pero valga la comparación, era como haber tenido un primer hijo hermoso en cuna de oro, y luego, en este caso, haber alumbrado a un niño que dio problemas ginecológicos, desnutrido, pero que luchó, nació y sobrevivió.

Porque este hombrecito competía con rusos de un metro 90, con unos mexicanos que trabajaban en equipo, y a todos los derrotó. Por eso, él tiene para mí, una semejanza a los asiáticos: sencillez, humildad, talento y garra. Es un samurai del deporte y también de la vida. Jefferson Pérez es uno de los diez personajes que más he admirado a lo largo de mi historia periodística. Es, sin dudarlo, una de las figuras cumbre de la historia del deporte ecuatoriano, que todavía no es superado.

Y eso que aún nos esperaba el recibimiento al retornar al Ecuador, una semana después. Hicimos escala en Miami un día y coincidió con el retorno de Jefferson desde Atlanta, así que aprovechamos para planificar la transmisión en vivo de su llegada a Ecuador y luego a su tierra natal, Cuenca.

Allá, la recepción fue apoteósica. En el aeropuerto Mariscal Lamar lo esperaban alrededor de diez mil personas En el avión, lo acompañaba un núcleo de allegados a él, entre ellos, Juan Carlos Crespo, hijo del dueño de licores Uzhupud, primer patrocinador que tuvo el marchista azuayo.

La festividad era indescriptible. No había dónde poner un pie. Los morlacos, por poco invaden la pista. Jefferson bajó del avión muy sereno, pero al sentir los gritos de aliento y ese apoteósico recibimiento, salió corriendo hacia la malla donde estaba el público y brincaba como un niño. El recorrido duró por lo menos cuatro horas, fue inolvidable. Luego asistimos al homenaje que se le dio en el Coliseo Mayor de la ciudad. Ahí tuvo un final de fiesta memorable.

He vuelto a ver el video varias veces, y sigo emocionándome. Mucha gente me lo envía y tiene presente que en el año 2016 se cumplen dos décadas de esa hazaña que nadie ha podido igualar, ni superar aún. Es un récord histórico, digno de ser conmemorado por todo lo alto.

NARRACIÓN HISTÓRICA DEL LCDO. VITO MUÑOZ, LLEGADA DE JEFFERSON PÉREZ:

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